hiperrealidades

Escrito por fibercool, 08 de Abril del 2008, a las 12:15

Entra basura 2.0 me encuentro perlas, como Alquimista digital, lo podría explicar con otras palabras y de otros modos, pero al final vendría a decir lo mismo;

Vivimos en un mundo artificial en el que se ha impuesto la prisa: ya no es sólo el “fast –food”, sino incluso las relaciones humanas, con los chats, o los “speed dating” que se han puesto de moda en EEUU, donde te dan solo 7 minutos para iniciar una relación (o no); incluso el conocimiento no puede escapar de esta plaga, con las librerías inundadas de manuales para obtener la Sabiduría en dos semanas.

Tanta prisa, en realidad, esconde un pánico, pánico a tener tiempo para estar con nosotros mismos, o con otra persona. Y ese pánico es el mismo que nos hace rehuir las responsabilidades y refugiarnos en un individualismo egoísta, mientras por otro lado evitamos el tener que enfrentarnos a las dificultades, a los problemas, al sufrimiento. Tampoco es que haya que ir en busca de problemas, o mortificarnos gratuitamente. Lo que no debemos es esconder la cabeza, y escapar continuamente, escapar hacia delante.

Lo que realmente nos ocurre es que estamos aburguesados (y hamburguesados): nos sentamos delante de una pantalla tragando todo lo que nos echan, dejando que nos muestren del mundo sólo esa parte que quieren que veamos, y que nosotros tomamos por realidad.

Nos hemos (y nos han) hamburguesado, nos matan nuestra natural rebeldía. Nuestra energía la empleamos en divertirnos (es decir, encerrarnos en una caja llena de luces y música atronadora, o pasar el rato bebiendo); en eso y en comprar cosas, rodearnos de cosas, y de ruido, con el móvil pegado a la oreja, cosas que nos impidan volvernos hacia dentro, hacia lo que realmente somos y lo que podamos llegar a ser, porque nos da miedo. Nos da miedo romper con los esquemas que nos imponen los que gobiernan la Caverna, que no siempre son los que salen por TV; y que intentan que no se les vaya la gente, que sigamos encadenados, mirando las sombras de la pared y discutiendo, protestando o aprobando, dócilmente, por todo lo que se nos proyecta. En vez de mirar atrás, buscar de dónde salen esas sombras. Mucha gente intuye que hay algo más, pero no se atreve a dar ese paso, les da vértigo, porque hay un vacío, porque no encuentran dónde agarrarse, algún asidero. Por lo tanto giran la cabeza y se conforman con lo que hay delante, y aunque sigan sintiendo ese vacío interior, prefieren llenarlo con múltiples cosas, que no les llenan en absoluto.

Pero quedan todavía un puñado de valientes capaces de enfrentar ese vacío; aún queda gente audaz que logra enfrentar el vértigo y vislumbrar apenas lo que hay detrás, intuyendo la salida, un puñado que no se cree las mentiras que les cuentan unos y otros, jóvenes, de todas las edades, jóvenes de espíritu, jóvenes audaces.

flu (influenza)

Escrito por fibercool, 01 de Febrero del 2008, a las 18:13

Tras un primer paso de conocimiento personal, en el cual somos capaces de de conocer y aplicar las tres etapas de toda emoción, percibir, comprender y regular, podemos subir el segundo peldaño de la escalera para aplicarlo a los demás.

“Percibir, comprender y regulas las emociones propias y las de los demás”. Ésta es una de las definiciones de Inteligencia Emocional e incluye un matiz que yo siempre he tenido que revisar: regular las emociones de los demás. Y esta revisión, tiene que ver con el hecho de que para regular las emociones de los demás, hay que contar con los demás. Si saltamos ese primer escalón corremos un alto riesgo de tropezarnos en el siguiente, como queda patente en innumerables ocasiones.

Quienes estamos empeñados en echar una mano a quien nos lo pide, corremos el riesgo de que nos suceda algo que conocen muy bien los expertos del cuidado (profesionales o no), que es creer que todo está a nuestro alcance, que siempre hay algo que poder hacer para cambiar el estado de ánimo de otra persona, para que consiga mirar a la vida de otro modo, o cambie su forma de vernos a nosotros. Y a veces –muchas-, nos encontramos ante la desagradable realidad de que no importa lo que hagamos, porque somos incapaces de inducir el tan ansiado cambio. Lo cual pueden parecer malas noticias., y es cierto que muchas veces, esto se vive con frustración, desilusión e incluso decepción por uno mismo al encontrarnos incapaces de mover al otro para que cambie.

Pongamos por ejemplo la confianza. El perder la confianza implica que algo se rompe en la relación, la cual deja de ser una relación de seguridad, previsible, para convertirse en una fuente de suspicacia que genera una necesidad de precaución en su lugar. “Me has defraudado, he dejado de confiar en ti”. El pobre desgraciado, o la pobre desgraciada que tenga que enfrentarse a estas palabras, tiene por delante un largo camino para crear de nuevo ese espacio en el que la sensación de seguridad pueda ser de nuevo vivida por el otro, y no tiene más remedio que esperar pacientemente y esforzarse en que las circunstancias sean propicias. Y todo ello porque es la persona que “ha perdido la confianza”, quien tiene que encontrarla de nuevo, y eso, va más allá de lo que el otro pueda hacer. Tiene que ver con un ritmo, y al igual que muchos otros tipos de relación, con una apuesta compartida. Pero no sabemos compartir, nadie nos ha enseñado ni nos enseñara a compartir esa lucha, sabemos luchar por casas, coches, viajes o ropa, pero no por personas. 

Por tanto, y la parte buena de la historia, es que creamos cada día, conjuntamente todas nuestras relaciones, las cotejamos, relanzamos y retroalimentamos con quien compartimos, y consecuentemente, nuestra influencia tiene el límite de la voluntad del otro. Para mí, eso es maravilloso. 

Via. IE.